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Plan B

Parido por tupolev   y archivado en   General, Reflexiones

Hace un año por estas fechas, un giro en mi vida me hizo decir “tararí que te vi” a mi puesto de chico para todo en una empresa en Madrid. Varios años soñando con dejar la consultoría y acabar por fin en un cliente final, para mandarlo todo al guano en cuestión de seis meses y largarme a Alemania.

Podría disfrazar los motivos y decir que fue por mi futuro, por un salto cualitativo, por hartazgo de España…pero lo cierto es que lo hice por una mujer.

Una vez allí, pude sobrevivir unos meses con mi flamante prestación por desempleo, versión Europa, como los Tomtom. Mis casi seis añitos cotizados, que me garantizarían dieciocho meses de subsidio máximo, se convirtieron en tres meses al pedir la exportación, lo que me dejaba un margen reducido de maniobra, pero suficiente para encontrar algo.

Pero no fue así.

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De planes a corto plazo y metáforas pretenciosas

Parido por tupolev   y archivado en   General, Reflexiones

No hay relación que acabe sin dolor.

Como un idilio de casi cinco años que ahora toca a su fin, me veo exiliado en mi tierra natal, mientras expulso a golpe de tos la película que me protegió de todo lo malo y me preparo para un nuevo clima, que mi cuerpo parece querer rechazar. Pues, no os equivoquéis, retrocedo solo para coger impulso.

A ella le delata su arrogancia. Se muestra autosuficiente durante el día. Ignora mi ausencia. Pero de noche, cuando nadie parece verla, llora en soledad. Despechada, ella grita, enfurece y hace sufrir a los que tiene alrededor. Destruye y contraviene, como un niño rompe sus juguetes en un desproporcionado berrinche contra el mundo.

Madrid no soporta mi huida y demuestra su ira como mejor sabe: creando el caos. Juega con la caja de Pandora y lanza sus peores vientos, hila lluvias torrenciales con colosales nevadas, jugando a su antojo con el mercurio. Colapsa el ritmo de la ciudad, pero de nada sirve quejarse. Está herida y no atiende a razones.

Para colmo, como una mala suegra, España no soporta ver llorar a su hija y carga con furia contra carreteras, ferrocarriles y aeropuertos, en un último intento por bloquear mi periplo.

Por desgracia, no entienden que en su ira está mi fuerza. Que mientras ellas juegan con el tiempo a su antojo, yo miro al Norte, desde mi ventana. Puedo sentir la mano de la Esperanza sobre mi hombro; con el mapa en una mano y un inhalador en la otra. Quinientos microgramos de voluntad por dosis. Esta vez no voy a fallar.