Pancho valoró las promesas iniciales. Querían que él tomase un rol de mentoring en un proyecto SaaS de última generación, orientado a objetos y que prometía cambiar las reglas del juego.
Habría stock options, un ambiente laboral amigable y un avispado director, profundamente implicado en el proceso de diseño. Jerga mágica aparte, sonaba prometedor y las entrevistas fueron bien.
La pequeña oficina estaba distribuida como un Starbucks, iluminada tan tenuemente, que probablemente provocase fatiga visual. Los programadores se sentaban alrededor de una larga mesa, frente a sus portátiles, bromeando sobre el café. Era todo muy familiar y Pancho no era parte del grupo aún. Tendrían que olisquearse los traseros y decidir quien era el macho alfa en la manada.
Pero eso vendría después. Durante su primera semana, Pancho solo quería zambullirse en el código y empezar a aprender el software. Cogió la última versión del servidor y la arrancó. Y esperó. Y fue a por café. Y esperó. Finalmente, la página splash apareció, desapareció y continuó esperando la siguiente pantalla.
“¿Alguna razón para que esto sea tan lento?”, preguntó Pancho, pensando en si había olvidado algún paso o desconfigurado algo.
























