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Me han robado la cartera (Parte I)

Parido por tupolev  |  Categoría: General, Reflexiones

De to’ se aprende, dicen en mi tierra.
Lo que debió ser una noche de risas y fiesta en la calle, acabó siendo para mí y mi sufrida amiga -que cada vez que salimos nos pasa algo- una velada en la sala de espera de una céntrica comisaria de Madrid.

Resumiendo, al salir del Metro a una abarrotada Plaza de Chueca en plenas fiestas del Orgullo Gay, noté que la billetera había desaparecido del bolsillo trasero del pantalón. En un recorrido de apenas diez metros, entre empujones y ríos de gente, alguien aprovechó la situación para deslizar su mano en mi pantalón con otro tipo de deshonestas intenciones. Posteriormente pude llegar a la conclusión, de que no fue una ocasión fruto de la pericia de un carterista. Lejos de esa romántica visión del hurto, esa noche se concentró en aquella plaza lo más selecto del gremio de amigos de lo ajeno, hi-jos-de-pu-ta todos, dispuestos a hacer su agosto, entre decenas de miles de personas, borrachas de amor, pasión, buenrollismo, calimocho y “manteca”.

En el momento en que me doy cuenta de lo que sucede, una sensación de impotencia me invade. Toda mi documentación -amén de pequeños efectos personales de gran valor sentimental- ha volado, como por arte de magia y alrededor mío, nadie parece haberse percatado. Nadie, excepto un malnacido que se ríe de mi desgracia, sabiendo muy bien lo que ocurre, pero poco dispuesto a colaborar.

Hay que salir de aquí” me dice mi acompañante, a voces entre la multitud. Y no le falta razón, volviendo a la consciencia, me doy cuenta de que el sujeto se ha llevado las tarjetas, que hay que bloquear inmediatamente. Tal como está la plaza, tenemos el mismo tiempo que él para escapar. Así que, a empujones y repitiendo “disculpa” y “perdona” sin parar, conseguimos abandonar el tumulto, en busca de un rincón donde poder llamar al banco y de paso buscar una patrulla policial. Patrulla, por cierto, inexistente. Vergonzosa fue la nula presencia policial esa noche. Apostados en los accesos exteriores al barrio y más ocupados en mantener el orden circulatorio en la Gran Vía, que en garantizar la seguridad en las propias fiestas. Pero eso es otra historia.

En diez minutos, contestadores robóticos mediante, consigo dar de baja las tarjetas de una entidad. Mientras, mi acompañante intenta conseguir el de la otra entidad, llamando a información. Para variar, más que informar, desinforman. Los tres intentos acaban en números incorrectos. Hasta que, ya en mitad de la Gran Vía, veo una sucursal con el teléfono impreso en la puerta. Cinco minutos de llamada y tarjeta bloqueada. Unos treinta minutos en total, desde que empezamos a llamar, hasta que cancelamos las tres tarjetas, de dos entidades distintas. Unos cuarenta en total, desde que se produjo el hurto. Recemos para que no hayan intentado nada en ese tiempo.

La noche termina en comisaría, donde me remiten a un número telefónico 902, donde formular la denuncia previa y esperar a prestar declaración en una abochornante salita. Salita que se convierte en un gallinero cuando a los presentes nos da por reir, mientras nos contamos lo sucedido. Tirones más o menos discretos, algún atraco y un chico con suerte a cuyo ladrón cazaron con varias carteras encima, se sumaban a la última moda en discreción: el cutter. El mangui se vale de un instrumento afilado para cortar la tela del bolso o del propio pantalón o falda, haciendo caer en su mano la billetera, sin que la víctima sospeche lo más mínimo, hasta un buen rato después.

Un amable agente, de puerta esa noche, nos confirma lo que venimos hablando entre todos. En lo que va de noche, son doscientas ya las carteras sustraídas. El pasado año, durante todas las fiestas del Orgullo, fueron más de quinientas. La celebración del Europride, hizo correr la voz de que la Plaza de Chueca y aledaños se transformaban en un enorme campo de prácticas, repleto de gente con poca ropa, alcohol a raudales y mucho dinero. Pa‘ qué más…

Lo peor de todo es que, por aledaños, me refiero a varios kilómetros a la redonda. Por lo que me temo que la técnica del cutter ha llegado para quedarse entre nosotros. Un desconcertado chico sudamericano, se lamentaba mientras nos mostraba el enorme corte que atravesaba el bolsillo trasero de su pantalón corto y gran parte de éste.

(Continuará…)

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Stewie dice: Quiero mis comentarios, tío!

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