
Unos le veían de vuelta de todo. Otros le veían como un pusilánime.
Para algunos, era un radical extremista. Para otros, un conformista aburguesado.
Había quien le consideraba pijo, por su amor a la tecnología. Mientras, otros le veían como un pintas zarrapastroso, por vestir siempre igual y no ser muy cuidadoso con su casa ni su imagen personal.
En casa le decían que no cambiaría el mundo, por mucho que gritara. Los demás, unos, que vaya piquito. Otras, que por lo legal no lo iba a cambiar, desde luego.
Miraba a los ojos de los policías que le rodeaban y veía padres de familia, mandaos. Y le criticaban.
Se quejaba de la mentalidad represiva y sádica de algunos de ellos. Y le criticaban.
Por defender, le criticaban. Por mediar, le criticaban. Por criticar, le criticaban.
Había quien, incluso hablaba de “la circunstancia de haber crecido en un entorno policial”, como excusa a su rareza.
Por regla general, ése era él. Pero aquella mañana, bajo la fría ducha de una caldera rota a las siete de la mañana, explotó en un sonoro grito:
¿quién cojones soy?
Aquél fue un día más. Pero el grito debió sonar fuerte, pues ese día, los árboles parecían asustarse a su paso.

(Extraída de http://www.fotolog.com/cartelescuriosos/)

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